20/10/2026
Una construcción resiliente no consiste tan solo en resistir los bandazos del clima extremo: supone anticipar sus efectos desde el planeamiento hasta el mantenimiento, integrando diseño, datos y naturaleza local, para mantener la infraestructura esencial operativa.
El cambio climático está alterando las condiciones para las que fueron diseñados buena parte de los edificios y las infraestructuras que componen nuestras ciudades y economías. Carreteras, puentes, ferrocarriles, presas, puertos, redes hídricas, edificios residenciales e instalaciones industriales tendrán que funcionar en un escenario marcado por temperaturas más elevadas y fenómenos meteorológicos extremos.
En este contexto, no basta con construir estructuras capaces de soportar determinadas cargas o edificios que cumplan requisitos de eficiencia energética. El desafío es más amplio: diseñar activos capaces de seguir prestando su servicio cuando las condiciones ambientales cambien.
El sector de la construcción se encuentra, además, en el centro de la transición climática. Según el Informe sobre la situación mundial de los edificios y la construcción 2025-2026, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), los edificios y la construcción representan alrededor del 37 % de las emisiones globales de CO₂ y casi el 50 % de la extracción mundial de materiales. El sector representa, además, entre el 11 % y el 13 % del PIB mundial.
Mantener la operatividad como prioridad
Una infraestructura resiliente no es necesariamente la que permanece intacta después de un fenómeno extremo. Es aquella que puede prevenir, absorber, recuperar y adaptarse ante una perturbación, manteniendo en la medida de lo posible las funciones para las que fue concebida. Esta perspectiva es central en los Principios para una Infraestructura Resiliente, de la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR). El organismo propone considerar conjuntamente el ciclo de vida de las infraestructuras, los riesgos múltiples y las interdependencias entre sistemas como energía, transporte, agua, saneamiento o comunicaciones.
Para ello es imprescindible, además, valorar la función de estas infraestructuras, sencillas o complejas en su forma, que sustentan servicios esenciales como la movilidad, el transporte, el suministro de agua o la electricidad. Por eso, el verdadero objetivo de la resiliencia no debería ser únicamente evitar el daño físico, sino evitar que el daño de un activo desencadene una interrupción mayor del sistema.
El IPCC, principal organismo internacional de las Naciones Unidas encargado de evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático, ha advertido además sobre la creciente interdependencia de servicios e infraestructuras. Las ciudades y sus construcciones están conectadas por redes físicas y económicas, y el impacto del cambio climático puede propagarse entre ellas, generando riesgos en cascada.
Diseñar para los fenómenos extremos que vienen
Esta perspectiva obliga a revisar algunos de los criterios tradicionales de construcción. Una carretera debe considerar no solo las condiciones habituales de circulación, sino también episodios de precipitación extrema, erosión, temperaturas elevadas o incendios. Un puente debe analizar el comportamiento hidráulico de los cauces en escenarios futuros. Una presa necesita comprobar que sus sistemas de evacuación continúan siendo adecuados ante posibles modificaciones en los patrones de precipitación.
Un estudio de la Universidad Politécnica de Madrid muestra la necesidad de incorporar el cambio climático al análisis de las inundaciones futuras y al diseño de infraestructuras hidráulicas. El proyecto SAFERDAMS, por ejemplo, ha estudiado cómo puede afectar el cambio climático a la seguridad hidrológica de las presas, incluyendo los caudales extremos utilizados para dimensionar los aliviaderos. Este principio es aplicable a prácticamente cualquier infraestructura: los datos climáticos utilizados para diseñar deben representar, en la medida de lo posible, las condiciones que el activo encontrará durante su vida útil, no únicamente las que experimentó en el pasado.
La importancia del territorio
La resiliencia comienza incluso antes del proyecto constructivo. La localización determina buena parte de la exposición de un activo. La guía del Ministerio para la Transición Ecológica sobre mitigación y adaptación en el planeamiento urbano plantea que la ordenación del territorio y la construcción deben tener en cuenta las condiciones climáticas presentes y futuras. Entre sus medidas figuran limitar determinados usos en plantas inferiores de zonas inundables, evitar que los edificios obstaculicen la evacuación de las aguas, adaptar materiales y elementos constructivos al riesgo de inundación y considerar las condiciones locales de viento, radiación solar, temperatura y humedad.
La idea puede trasladarse directamente a la obra civil: no existe una infraestructura resiliente si su emplazamiento o su relación con el territorio genera una exposición que el propio diseño no puede compensar. Esto resulta especialmente evidente en las inundaciones. Una carretera situada en una zona inundable, un puente que interrumpe un cauce o una instalación crítica localizada en una cota baja pueden convertirse en puntos de fallo de todo un sistema.
La orientación, el sombreado, la ventilación natural, el aislamiento térmico, la reflectividad de las cubiertas, la vegetación y el diseño de los espacios exteriores pueden reducir la exposición al calor. Frente a las inundaciones, la ubicación de instalaciones críticas, la protección de plantas inferiores, la elección de materiales resistentes al agua y la adaptación de los sistemas de drenaje pueden limitar los daños. MITECO plantea incluso la creación de espacios capaces de servir como refugios climatizados para población vulnerable durante episodios extremos. También recomienda estudiar cubiertas y fachadas vegetadas, materiales de alto albedo y criterios de ventilación y soleamiento adaptados a las condiciones locales.
La naturaleza como parte de la solución
La infraestructura verde incluye elementos naturales (bosques, praderas, etc.) y elementos artificiales (túneles de fauna, pasos de peces, etc.) que permiten la conectividad estructural y funcional de las especies y los hábitats. En tierra, la infraestructura verde está presente en entornos urbanos, periurbanos y rurales.
Árboles y zonas de sombra, cubiertas vegetales, pavimentos permeables, parques inundables, sistemas urbanos de drenaje sostenible o recuperación de espacios naturales pueden reducir simultáneamente diferentes exposiciones climáticas. El IPCC identifica algunas medidas efectivas, como la regulación térmica, la gestión de aguas pluviales, la protección frente a inundaciones fluviales y costeras, la gestión del agua y el diseño urbano, como componentes de las estrategias de desarrollo resiliente frente al cambio climático.
Pero existe una condición: las medidas deben evaluarse por sus efectos sobre el sistema completo. Una defensa frente a inundaciones que traslada el agua hacia otra zona, una impermeabilización que aumenta la escorrentía o una climatización que reduce el calor interior, pero incrementa la dependencia eléctrica, pueden solucionar un problema y generar otro. El IPCC identifica precisamente este riesgo como maladaptation: actuaciones que reducen una vulnerabilidad concreta pero transfieren el riesgo en el espacio o en el tiempo o generan nuevos impactos.
La resiliencia, por tanto, no consiste en construir infraestructuras indestructibles, sino en conseguir que puedan seguir cumpliendo su función ante un clima cada vez más cambiante. Incorporar esta perspectiva desde el diseño y mantenerla durante toda su vida útil será clave para reducir vulnerabilidades y garantizar la continuidad de los servicios esenciales.



