17/09/2026
El 28 de abril de 2025, España quedó sin suministro eléctrico de un momento a otro. Este apagón, que paralizó durante horas infraestructuras y servicios esenciales, puso el foco en un dispositivo clave: el generador eléctrico, el último respaldo cuando la red falla.
En sentido estricto, un generador eléctrico es el equipo que transforma la energía mecánica en energía eléctrica. Para funcionar, necesita una fuente de energía mecánica que accione su eje. En aplicaciones de generación autónoma, como las destinadas a proporcionar suministro de emergencia cuando falla la red, el generador suele integrarse en un grupo electrógeno, que incorpora además un motor encargado de proporcionar esa energía mecánica, así como los sistemas de control y otros elementos auxiliares necesarios para su funcionamiento.
Aunque uno de sus usos más conocidos es proporcionar electricidad de emergencia cuando se produce un fallo en la red, un grupo electrógeno también puede utilizarse como fuente principal o continua en instalaciones que no tienen acceso a una red adecuada o suficiente, así como para aplicaciones puntuales o para cubrir picos de demanda.
En función del uso y de las condiciones de funcionamiento, podemos distinguir varios tipos de potencia:
- Potencia de emergencia o de respaldo. Se utiliza, por ejemplo, en hospitales, centros de datos y otras instalaciones críticas. El grupo electrógeno entra en funcionamiento cuando falla la red eléctrica y permite mantener operativos los servicios esenciales.
- Potencia principal. El grupo electrógeno funciona como fuente habitual de suministro, proporcionando electricidad de forma continua a una instalación que no dispone de una red eléctrica adecuada o suficiente.
- Potencia de funcionamiento en tiempo limitado. Permite suministrar una carga constante durante un número limitado de horas. Es una opción adecuada para determinadas aplicaciones en las que se necesita un suministro temporal, pero no un funcionamiento continuo.
Una segunda capa de seguridad
La generación de emergencia —o de respaldo— adquiere un papel esencial en espacios donde la continuidad del suministro eléctrico es crítica. El grupo electrógeno no mantiene necesariamente una instalación completa en funcionamiento. Su objetivo puede limitarse a suministrar electricidad a equipos y servicios que no pueden interrumpirse, como sistemas de control, iluminación de emergencia, refrigeración o servidores.
Para que esta función sea posible, los generadores suelen integrarse con otros sistemas de respaldo, como los sistemas de alimentación ininterrumpida (SAI/UPS) o baterías. Estos permiten mantener el suministro durante los primeros instantes de un corte, mientras el grupo electrógeno arranca y comienza a producir electricidad. De este modo, distintas tecnologías pueden trabajar de forma coordinada para prolongar la autonomía de una instalación.
El apagón del 28 de abril de 2025 puso en primer plano la importancia de disponer de esta capacidad. La interrupción afectó a buena parte de la península y obligó a numerosas instalaciones y servicios esenciales a recurrir a sus sistemas de respaldo. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha señalado el episodio como el mayor apagón registrado en Europa desde el ocurrido en Italia en 2003, y lo sitúa en el contexto de un sistema eléctrico cada vez más dependiente de la electricidad. En esta situación, los grupos electrógenos contribuyeron a mantener la actividad allí donde un corte podía tener consecuencias especialmente graves: hospitales, redes de telecomunicaciones, servicios de emergencia y otras instalaciones críticas.
Una tecnología transversal y estratégica
El papel de los grupos electrógenos se extiende mucho más allá de los edificios. En el transporte, pueden respaldar aeropuertos, estaciones ferroviarias, túneles, sistemas de señalización, centros de control, puertos o instalaciones logísticas. En el sector energético, permiten mantener operativos sistemas de control, bombeo, comunicaciones y determinadas instalaciones auxiliares. Y en las telecomunicaciones, son esenciales para mantener estaciones y centros que no pueden permitirse una interrupción prolongada.
El sector sanitario es uno de los ejemplos más evidentes. Hospitales y centros de emergencia necesitan mantener equipos médicos, iluminación, comunicaciones y sistemas de climatización incluso cuando la red eléctrica deja de estar disponible. Lo mismo ocurre con infraestructuras de agua y saneamiento, donde la electricidad resulta necesaria para bombeo, tratamiento y distribución.
Del apagón a la resiliencia
Un año después del gran apagón de España, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) publicó un informe de recomendaciones y medidas orientado a extraer conclusiones de lo ocurrido y, sobre todo, a plantear mejoras para el futuro. El documento parte de las investigaciones y análisis realizados durante los meses posteriores al incidente y propone una hoja de ruta para reforzar la operatividad y la resiliencia del sistema eléctrico.
Más allá del caso español, las conclusiones del informe ponen de manifiesto que la resiliencia no depende únicamente de evitar que se produzca una interrupción, sino también de disponer de mecanismos capaces de limitar sus consecuencias. La CNMC señala la necesidad de reforzar la robustez del sistema ante un escenario de creciente complejidad operativa, marcado, entre otros factores, por una elevada penetración de generación renovable y una mayor volatilidad de las tensiones.
Trasladado al ámbito de las instalaciones, este principio refuerza el papel de los sistemas de generación de emergencia: disponer de una fuente alternativa permite mantener las cargas esenciales durante el periodo en que la red no está disponible y evitar que una interrupción del suministro implique necesariamente la paralización de servicios críticos.
El apagón de 2025 dejó así una conclusión que trasciende aquel episodio: la continuidad eléctrica no depende solo de que la red funcione, sino también de estar preparados para cuando deje de hacerlo. En ese escenario, los grupos electrógenos no son únicamente una respuesta ante una emergencia, sino una pieza más de la infraestructura que permite mantener servicios esenciales, reducir el impacto de las interrupciones y reforzar la resiliencia de instalaciones cada vez más dependientes de la electricidad.



